Crecí en una familia rodeada de mujeres, con tres hermanas y una mamá muy empoderada, que siempre nos demostró desde chicas que el ser mujer no significaba ser más débil, menos capaz o que no merecíamos lo mismo que los hombres. Mi papá siempre fue demasiado exigente con nosotras en que entendiéramos que teníamos que hacernos respetar y se preocupó de criar mujeres independientes, capaces de valerse por sí solas y de que nunca nunca nunca dependiéramos de nadie. Entonces la verdad es que en mi casa ni siquiera era tema el machismo o la discriminación ante la mujer.

Quizás por eso nunca pensé que el feminismo fuera un tema para mí porque la verdad es que nunca sentí esa discriminación. Además, yo jamás me sentí más débil o menos que un hombre. Y siempre lo he creído así. Tuve suerte de que en mi vida nunca fui discriminada por ser mujer y que siempre he tenido la suerte de encontrarme con hombres en mi vida que me han respetado, ayudado y que siempre me han tratado con igualdad.

Pero después me di cuenta que en realidad la injusticia no estaba solo en el día a día o en las cosas cotidianas. Estaba en temas más profundos que yo ni hasta ese entonces ni siquiera sabía, como el hecho de que una mujer gana menos sueldo que un hombre por el mismo trabajo, teniendo los mismos años de experiencia, estudios, responsabilidades y cargo. O el hecho de que a las mujeres nos pregunten en una entrevista de trabajo si planeamos ser mamás. O el derecho al aborto. Recién ahí me di cuenta que la sociedad era más injusta con nosotras.

Entonces ¿qué hacer para cambiar esta situación? Mientras pensaba en todo esto quedé embarazada. Mi embarazo no partió muy agradable. Tuve cuatro meses de sentirme mal, vomitar en cada esquina y taxi que me subía. Literalmente llegué a vomitar en un taxi en camino hacia un restaurante donde tuve que explicar con señas que necesitaba el baño urgente porque estaba aguantándome el vómito en la boca. Nada como lo había imaginado en mi cabeza, como un momento sacado de una película.

Fueron cuatro meses de sentir demasiadas emociones y finalmente cuando ya iba a cumplir cinco meses fue que me empecé a sentir bien. No voy a mentir, me quejé mucho durante mi embarazo por culpa de los síntomas y por la incomodidad de acarrear una guata enorme y 16 kilos de más. Pero mirando hacia atrás en verdad estaba chocha. Me encantó estar embarazada y siendo objetiva, tuve un embarazo demasiado bueno y sano.

Con mi marido decidimos tener a nuestro hijo, Samuel, acá en Nueva York. Me dediqué nueve meses en planear todo perfecto para el día que él llegara. Cuento corto, quería que fuese un parto normal y evitar a toda costa tanta intervención, medicamentos o una cesárea. Finalmente terminé con inducción y con un trabajo de parto de más de 20 horas que no progresó y tuve que tener la tan temida cesárea que había pensado que no iba a tener. Poco sabía que nada en la vida se puede planificar, menos un parto. No sé en qué minuto pensé que algo así de impredecible sería algo que podía controlar.

Y efectivamente mi parto me enseñó dos cosas: una, que me recordó que la vida es impredecible y que uno no tiene control sobre cómo pasan las cosas y que lo mejor que podemos hacer es reaccionar bien y positivamente ante cualquier eventualidad, y saber aceptar que no todo siempre sale como uno quiere —sí, la frase cliché “let it go” viene a nuestras mentes— y eso no significa que esté mal o que tengamos que deprimirnos por eso. Y dos, me demostró una vez más que las mujeres somos bacanes y superpoderosas porque la verdad es que la experiencia de traer al mundo a otro ser humano que está dentro de tu cuerpo no es menor. Al revés, ser madre es algo que me enorgullece tremendamente y creo que no se nos da el crédito que merecemos por lograr esta tremenda hazaña, que si bien es algo natural, no deja de ser una experiencia transformadora, difícil, emocional, peligrosa a veces y que da susto. Pero nosotras estamos preparadas para salir adelante y aperrar a lo que sea.

¿El sexo débil?

Después de mi parto me di cuenta de que soy capaz de lo que sea y que soy más fuerte de lo que pensaba. Creo que nos merecemos, yo y todas las mujeres, los mismos derechos y tratos que los hombres, porque no veo bajo ninguna circunstancia que nosotras seamos el sexo débil. Todo lo contrario, si algo aprendí de mi parto es que NO soy débil.